Enhiesto y duro, como Zeus manda.

Ella lo buscó en la madre patria, en Egipto.
Un arqueólogo sabe dónde empezó de veras Europa.
Mina nunca fue arqueóloga ni nada de importancia salvo una cuarentona aparente y perdida. Llevaba tres años buscando desde que se alejó de aquel niñato musculoso sin materia gris. Ansiaba sentir de nuevo el perfume de un hombre, el vigor de un hombre, los besos de un hombre.

Tomó el avión en Valencia, una ciudad casi hermana de Alejandría a la otra parte del Mar Interior. Voló a ciegas, como las cigüeñas heridas, como halcón moribundo. Llegó a la bella urbe una mañana fría de invierno, inusualmente fría. Casi le pareció la Valencia húmeda de trece grados que acababa de dejar atrás.

Allá, a lo lejos, enhiesto sobre el mar, se levantaba el fantasmagórico faro, espectro de un tiempo peor inmortalizado por locos y poetas.

Mina lo vio entre la neblina amarga y fría de su mente. Lo vio o creo verlo pero no sabía que...

(continuará)