Mina no había leído mucho sobre la fundación de la ciudad por el gran Alejandro, 25 siglos atrás. Sin embargo, no recordaba que aquel faro que creía ver entre la densa humedad apareciese en catálogo alguno. Había ido a parar a Alejandría porque quería ver Egipto por segunda vez pero en invierno y con el islamismo las agencias no ofrecían demasiados vuelos.
Mina no había visitado Alejandría jamás. La primera vez aterrizó directamente en el Cairo. Ahora se encontraba en una ciudad demasiado parecida a la suya con un tiempo que amenazaba lluvia y que sugería bien pocas aventuras.

la agencia la llevó al hotel Rossetta y la instaló en una habitación triple y cómoda que daba a la playa. Después de dejar las maletas y tumbarse un instante en la cama para recobrar fuerzas descorrió las cortinas esperando divisar el misterioso faro.

El horizonte era un amasijo gris de neblina y frío, sin rastro de la poderosa construcción.

Luego, a la hora de la comida preguntó en recepción sobre el faro. El joven egipcio hizo una mueca de desconcierto y llamó a un hombre mayor que dijo ser su tío y llamarse Yusuf. El hombre le explicó que el faro de la ciudad, el famoso faro, se había hundido en un terremoto hacía muchos siglos.

Mina acudió al comedor pensativa, perpleja.
Entonces, un europeo rubio y delgado de unos 50 años se le acercó. Dijo no haber podido evitar oir lo que hablaba con Yusuf cuando entró por recepción...

(continuará)